miércoles, 1 de diciembre de 2010

Perfil del camarero

Hola, mi nombre es Paco, así sin más, sin colorantes ni conservantes, Paco.
Bienvenidos a mi pequeño país que linda al norte con la barra, al sur con la cafetera, al este con el microondas y al oeste con la máquina de tabaco. Yo soy lo que se considera un gran profesional. Tengo 60 años y llevo dedicado a esto desde los 14 ¡no les digo más! Pero no he estado siempre aquí recluido. Comencé por los bares castizos de Madrid. Lo mío viene de familia. Mi padre era ni más ni menos que el mesero de Biscote, siempre amable con los clientes, corbatín y pantalones de pinza, chaleco, que si le recomiendo este vino, que si le recomiendo este otro, que si la cazuela de congrio, la cazuela de lengua pot-au-feu a la langue de alexandre pukall, conocedor de los mejores platos, un artista sirviendo la mesa, siempre con entusiasmo, con esmero, ni una mala cara, ni un mal gesto. Un camarero con todas las letras. Yo era conocido comoel mozo Paquito (auxiliar de mi padre, me atrevería a decir). Algún día, me decía a mí mismo, seré camarero, como mi padre. Y practicaba la elegancia, la finura, la sutileza con que un camarero debe desplazarse por los salones de su comedor. Mi momento llegó, me ascendieron a camarero. Ya no era el simple mocito que transporta cajas y alcanza el sacacorchos al barman. Me movía con destreza entre las sillas, la bandeja alta en la mano derecha, la mano izquierda detrás de la espalda, servilleta de tela en el antebrazo, cabeza erguida, y allá iba, como patinando sobre hielo, a atender a mis clientes. Sonreía y me sonreían, siempre con dignidad, siempre con buen trato, Don Paco, me llamaban. Fíjense, Don Paco. Sin duda, los mejores años de mi vida, camarero de Biscote (durante 20 años). Pero, amigos míos, todo lo bueno acaba. Llegaron otros bares, otros clientes, otros dueños, reformas, las luces cálidas se sustituyeron por luces fluorescentes, las sillas de madera por sillas de plástico, pero lo peor de todo, llegó el tiempo. Los camareros castizos, los de siempre, éramos sustituidos por jovencitas y jovencitos sin amor al arte, a su oficio, sólo empleos temporales, de dos o tres meses. Biscote cerró, lo compró un empresario de no sé dónde. Y tras ir y venir por varios sitios, acabé aquí, como camarero de facultad. No es lo que imaginaba en mi infancia, pero oye, hay que ganarse el pan, y esto es lo que me da de comer cada día. Sin embargo, las cosas ya no son lo que eran, qué desprecio al camarero, qué poco valorado. Profesores, alumnos, directores, administrativos, conserjes, todos pasan por aquí, y casi ninguno sabe mi nombre, aquí todos los camareros somos iguales, no hay distinción. Yo, en cambio, me acuerdo de cómo quieren el café (con leche, sin leche, leche desnatada, semidesnatada, de soja, cortado, largo, americano, doble, con hielo, con whisky…), me acuerdo de qué desayunan (porras, churros, tostada, donuts, cereales, fruta), recuerdo el nombre de alguno, y no porque me lo hayan dicho, sino porque, he de reconocer, alguna vez he estirado un poco la oreja y escuchado alguna conversación que no debía; necesidades, oiga. Pero esto va cambiar, yo lo sé. Algún día seré recordado y se hablará de mí. Paco, Paco, se oirá por las esquinas. Volveré a mi esplendor, se me tratará con respeto y atención. Seré considerado. Basta ya de ser invisible.

-¿Cómo? ¿Qué han encontrado a un muerto en la facultad?- Fíjense de lo que se entera uno por escuchar lo que no debe…

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