miércoles, 19 de enero de 2011

Relato del Estudiante

Hacía poco más de un mes que había vuelto a Madrid. Desde que tomé la decisión de volver para estudiar un master, estaba muy seguro de lo que iba a hacer y de que todo iba a salir de maravilla. Pero me equivoqué tremendamente.

Cuando le dije a mi madre que quería volver a España, se puso con los pelos de punta. Hijo mío, me dijo, ¿qué buscas en esas tierras lejanas que no puedes encontrar en tu país? La verdad es que no supe contestarle. Nosotros viajeros tenemos algo en las venas que no sé definir muy bien, es como un imán que nos impulsa a salir por ahí, a explotar, a conocer otras culturas. A mi madre todo eso era incomprensible. No hay nada como la compañía de los tuyos, repetía.

Mantuve mi aire positivo y la certeza de mi decisión hasta que empezaron las clases y las prácticas y la vida adquirió una rutina. Empecé a sentirme solo, lo confieso. Y en los últimos días las palabras de mi madre no dejaban de dar vueltas en mi cabeza. La verdad es que vine entusiasmado por reencontrar mi amigo Alexander y esperaba que fuéramos a repetir las aventuras que vivimos hace algunos años en Madrid. Marcha, viajes, paseos, muchos amigos, chicas guapas y todo el resto que ya se puede imaginar.

De hecho, encontré un Alex, pero no el Alex. En las pocas veces que logré hablarle por teléfono, estaba frío, agitado y me daba siempre la impresión de que tenía prisa. Intenté preguntarle que le pasaba, por que estaba tan raro y si había algo que podría hacer para ayudarle, pero siempre huía del tema, decía que no pasaba nada. Después de muchas tentativas frustradas de quedar con él, terminé por desistir, aunque esa decisión aumentara aún más mi soledad.

Un jueves más y estaba yo solo por la noche en mi habitación tirado en la cama intentando leer -el eco fantasmal de las palabras de mi madre no me dejaba concentrar-. Miraba al ordenador, pero sabía que allí dentro no iba a encontrar nada nuevo, tampoco en la tele. Pensé entonces en ir al cine, mas mi presupuesto de estudiante no me permitía ese lujo más que una vez al mes. Me aburría.

Para mi sorpresa, aquella noche sonó el timbre. Una visita inesperada: ¡Alex!. Yo no podría estar más contento. Ahí estaba mi amigo, vino a rescatarme del aburrimiento, pensé. Pero me equivoqué. Alex estaba aún más raro personalmente que por teléfono. Había perdido demasiado peso desde la última vez que lo vi, estaba pálido y tuve la impresión de que debería de estar borracho o quizá drogado porque temblaba y sudaba mucho. No me miraba los ojos.

Le pedí que entrara y que se sentara pero me dijo que no tenía tiempo. Traía consigo una mochila, me la entregó y dijo que dentro estaba su ordenador estropeado. Me pidió que lo arreglara y añadió: eres el único de quien puedo fiarme. No digas a nadie que tienes mi ordenador. ¿Me lo prometes? Le contesté que por supuesto que sí pero que necesitaba una explicación: ¿por qué se encontraba tan raro?, ¿por qué no quería encararme?, ¿qué secreto podía haber dentro de la máquina?

Por fin admitió que le pasaba algo y que no podría contármelo antes de hacer lo que iba a hacer al día siguiente -no me dijo qué era-. Le prometí que le entregaría su ordenador reparado el jueves siguiente y quedamos en la universidad, delante del edificio D, donde iba él a las clases de su master.

La curiosidad me hizo empezar de inmediato el arreglo y, nada más empezar, me dí cuenta de que estaba delante del mayor reto de mi carrera de informático. El ordenador estaba completamente invadido por toda clase de virus que se puede imaginar, los archivos estaban corrompidos, los programas no se ponían en marcha. Nunca había visto un lío tan grande en una sola máquina.

Lo primero que hice fue buscar la ayuda de mis amigos informáticos porque no me ocurría ninguna idea, no sabía ni por dónde empezar. Cuando les enseñe el caos que teníamos por delante, se lo tomaron en serio -estaban tan estupefactos como yo- y en seguida empezamos a intentar solucionar el enigma. Trabajamos día y noche, hicimos todo lo que pudimos, hablamos con los mejores especialistas que conocemos, pero nada, no logramos dar ni un paso. Por fin nos rendimos.

Así que el lunes por la mañana llamé a Alex para decirle que no ya no podía hacer nada por su ordenador, mejor sería que comprara otro. Pero, no contestó el teléfono. Seguí intentando sin éxito hasta el miércoles por la noche, cuando decidí ir a su encuentro para darle la noticia personalmente.

El jueves por la mañana llegué puntualmente a las nueve al edificio D y, para mi sorpresa, la entrada estaba prohibida por la policía. Había un aglomerado de personas, unas intentando entrar, otras curioseando. En las caras de alumnos, profesores y empleados pude percibir un aire mezclado de curiosidad y preocupación. Pregunté en vano que había pasado, pero nadie supo contestarme. Me acordé que Alex solía pasar por la cafetería a menudo entonces me dirigí allí a buscarle.

En la cafetería tampoco encontré mi amigo. De pronto me dí cuenta de que la atmósfera allí era aún más pesada que delante del edificio. Miré alrededor y percibí que todos murmuraban y tenían una cara de desesperación. ¿Qué ha pasado aquí?, me pregunté. Mientras pensaba qué hacer, decidí tomar un café. En la barra que el camarero charlaba con la señora de la limpieza. Intenté ser discreto al acerarme en un intento de descubrir algo y todo lo que escuché fue: el cuerpo de un estudiante. En un estallido el tiempo paró, los murmurios cesaron, el aire se escaseó, sentí un mareo. ¡Alex!

Salí de la cafetería corriendo desesperado para hablar con la policía pero en el camino un recuerdo: “No digas a nadie que tienes mi ordenador.” Ahora sí yo estaba completamente solo y el mayor reto de mi vida se volvió una cuestión de honra y respeto por mí amigo. Tenía que encontrar una forma de sacar algo de aquel ordenador, seguro que allí encontraría una respuesta.

Volví a casa trastornado. Me encerré en mi habitación y empecé a repasar todo lo que habíamos hecho en el intento de arreglarlo. Algo se nos había pasado, tenía que habernos pasado. De hecho, sí. Mis compañeros informáticos y yo estábamos tan excitados con el desafío de reparar la máquina que nos olvidamos de intentar transferir los archivos del disco duro a otro ordenador y repararlos.

De inmediato me puse a hacerlo. Trabajé tres días sin descanso, comiendo lo mínimo para mantenerme de pie, sin salir de la casa. Por fin, lo logré. Casi tuve un vértigo al darme cuenta de que todos los archivos de Alex se abrían delante de mis ojos. Ahora tenía que investigar todos los rastros que pudiera encontrar en esos documentos. La verdad sobre la muerte de Alex podría estar en mis manos.

Yo sabía que mi amigo era un chico muy popular y que le encantaba relacionarse con todo tipo de personas, personal y virtualmente. Era siempre el primero en encontrar nuevas redes sociales en Internet e inscribirse en ellas. Estaba conectado todo el rato, con los más diversos contactos. Sin embargo, yo que soy el informático, no me meto en esos juegos virtuales. Creo que justo por el hecho de trabajar alrededor de doce horas al día delante de ordenadores, me gusta estar en la compañía de gente de carne y hueso o de un buen libro en mis horas libres.

Para mi decepción, en principio, no encontré mucho en los archivos que Alex tenía salvos en su disco duro. Había unos cuantos trabajos de la facultad, algunas fotos y videos y poco más. Las fotos eran de fiestas, de marcha, de viajes, nada sospechoso. Pero entre ellas encontré una que me llamó la atención por el hecho que estaba aislada, o sea, no estaba en una carpeta identificada como las demás. El nombre del archivo era aún más curioso, Calista, nombre que no me sonada en absoluto. En la foto había una chica negra, muy guapa, con los pelos largos rizados que le caían sobre los hombros (provisorio). ¿Quién eres tú, Calista? Busqué aquel rostro en todas las demás fotos y en los videos, pero no figuraba en ninguna parte.

En este punto me quedé paralizado, no podía creer que eso era todo lo que encontraría en la máquina de Alex. Delante de ese fracaso, sabía que lo único que podría ser realmente útil para mi investigación sería encontrar las claves de acceso para su correo electrónico y sus perfiles en las redes sociales. Empecé otra vez a buscar en todas las carpetas hasta que dentro de una carpeta llamada Diversos, encontré otra Personal, y otra No abrir, y otra Secreto y dentro de esta última dos archivos Word: en uno de ellos había un reportaje del periódico "El Observador Imparcial" sobre la extraña muerte de dos estudiantes universitarios, cuyos nombres no me sonaban y un archivo criptografado titulado Calista. ¿Otra vez tú? Estuve dos días intentando encontrar una clave de acceso para abrir el archivo, pero la verdad es que yo no tenía ni idea de lo que podría ser la buena respuesta.

Después de tanto esfuerzo inútil, dejé esta vía y empecé a buscar pistas en los perfiles de Alex en el Facebook y en el Twitter. Pero tampoco allí estaba la respuesta. Calista no estaba en ninguna parte, por lo menos no con este nombre. A lo mejor tenía un pseudónimo o un nombre verdadero que no ese.

Investigué las publicaciones de las páginas de arriba abajo y todo lo que pude concluir fue que mi amigo era realmente popular -lo que ya sabía- y que últimamente accedía a sus perfiles y publicada posts con mucho menos frecuencia que hace unos meses. Sus publicaciones eran casi todas invitaciones para fiestas, para salir de marcha y sobre música. Y los comentarios de sus amigos también iban siempre por lo mismo, a no ser a partir de cuando sus posts empezaron a escasear. Entonces la gente pasó a cobrarle. Alex, y la marcha? Ya no eres el mismo, eh! Alex, nada este finde? Mi amigo, qué estás mayorcito! Y por ahí seguían. Que Alex estaba diferente yo también ya me había dado cuenta.

Mi única esperanza era Calista y dada mi impotencia en descifrar el enigma, decidí salir para tomar un poco aire fresco. Me encontraba casi intoxicado con el aire viciado y pesado de mi habitación. Antes de salir me acordé que tenía que pasar por la biblioteca para devolver unos libros y cuando abrí mi armario para buscar algo en donde meterlos ncontré una mochila que de pronto no reconocí. ¡Claro! Era la mochila en la que Alex me había dejado su ordenador.

De inmediato me puse a registrarla, quizás allí encontraría una nueva pista. Y así fue. En el bolsillo más recóndito había un papelillo arrugado y sucio que parecía estar olvidado desde hace siglos. En el, reconocí la caligrafía de Alex: calistas2354@gmail.com.

Finalmente algo nuevo, me olvidé por completo del aire fresco y de los libros y me puse a escribir un correo a Calista, no importa quién fuese:

Hola Calista,

Me llamo José, todavía no me conoces.

Soy amigo de Alexander García, creo que tú también lo conoces.

Desgraciadamente, tengo que decirte que Alex ha muerto hace unos días, su cuerpo fue encontrado en la universidad y aún no se sabe la causa de su muerte.

Entro en contacto contigo para preguntarte si tienes alguna información que me pueda ayudar a descubrir la verdad sobre su fallecimiento.

Siento por la mala noticia.

Espero tu contacto.

Gracias,

José dos Santos Silva

Calista no tardó en contestarme. Sus palabras no añadieron nada a mi investigación, pero su nombre sí:

Estimado José,

No tengo nada que decirte sobre el tema.

Por favor, no vuelva a contactarme.

Calista Sylvine

De inmediato volví a intentar a abrir el archivo con su nombre, usando como clave Sylvine. Y por fin, ¡un éxito! El archivo se abrió. Allí estaba la clave de acceso para su correo electrónico y su cuenta bancaria por Internet. Por supuesto, mi intención no era robar a mi amigo muerto, sino investigar sus movimientos financieros en busca de algo sospechoso. Pero como ya me imaginaba, Alex no tenía ni un duro, no pude entender tampoco cómo pagaba sus gastos últimamente.

Ahora me quedaba el correo electrónico y empecé mirando los mensajes más recientes. Me di cuenta que de hecho Alex hacía la mayoría de sus contactos por Facebook, MSN o Skype, así que no había registro de muchas conversaciones en sus emails. Sin embargo, de los pocos mensajes que había cambiado, casi todos eran de las mismas personas: Jeanne Roland, Irene Vázquez, Calista Sylvine y María García Barceló.

De Calista ya sabía que no sacaría nada. Tampoco volví a intentar contactarla.

María era la madre de Alex, habían varios mensajes suyos contando novedades de la vida en Puerto Rico y pidiendo que él le enviara noticias. En los mensajes más recientes noté un tono de súplica en frases como esta:

Hijo mío, estoy muy preocupada contigo, hace mucho no sé nada de ti. Por favor, escríbeme por lo menos para que yo sepa que estás vivo.

Lo más curioso es que no encontré ninguna respuesta de Alex a su madre. Él me había contado que antes de venir a España se había peleado con la familia, pero no imaginé que hubiera un corte tan grave en la relación para que tampoco contestara los correos de su desesperada madre. Que desilusión debe de haber sufrido esa pobre mujer al enterarse del desafortunado destino de su criatura.

Decidí escribirle un correo sin decirle mucho, ya que no podría explicarle cómo había conseguido su dirección -todavía era fiel al pedido de mi amigo de no revelar a nadie que tenía su ordenador-. A ver que me contestaba.

Hola Señora García,

Me llamo José, era amigo de Alex. Nos conocimos en Madrid. Yo le quería mucho.

Siento mucho tu pérdida.

Estoy bastante sorprendido con lo que pasó y me gustaría hablar con usted para intentar entender qué le sucedió.

Le agradezco si entra en contacto conmigo.

Un saludo,

José dos Santos Silva

La respuesta vino al día siguiente, no tan árida como la de Calista, pero igualmente sin ninguna información aclaradora:

Estimado José,

Le agradezco su interés y estima por mi hijo, pero no quiero hablar del tema.

Lo siento,

María García Barceló

Otra puerta cerrada, pero no me dí por vencido, partí en busca de los demás contactos. Descubrí que Irene era su profesora en la universidad por la firma de su correo electrónico. En los mensajes que Alex cambiaba con ella solo había marcaciones de citas. Me sorprendió que fuera tantas veces y con tanta frecuencia a su despacho, pero no me pareció nada sospechoso. Eran tutorías, como los mismos correos confirmaban. Un camino menos a recurrir.

También por la firma del correo, descubrí que Jeanne era su psiquiatra. Fue entonces que encontré algo de verdad sospechoso. Para empezar, me pareció muy curioso que un tío “duro” como Alex pudiera permitirse consultarse con una psiquiatra una vez a la semana -la periodicidad descubrí por las fechas de los correos-. Sus padres estaban forrados, eso era verdad, pero si tampoco contestaba los correos de la madre, dudo que le enviaran dinero. Cuando empecé a leer los mensajes, todo se puso aún más nuboso, a cada semana Alex le escribía un mensaje:

Hola Doctora Jeanne,

Pienso mucho en todo lo que usted me ha dicho en la última sesión y necesito hablarle urgente.

Por favor, póngase en contacto conmigo.

Un saludo,

Alexander

Y todas las semanas la doctora contestaba lo mismo, creo que incluso simplemente reenviaba el mismo mensaje de la semana anterior:

Hola Alexander,

Como le he dicho en nuestra última sesión, volveremos a hablar en la próxima.

Le espero el jueves.

Cordial salud,

Doctora Jeanne Roland

Psiquiatra

Pero, a la semana siguiente, mi amigo insistía:

Hola Doctora Jeanne,

Me estoy dando cuenta de muchas cosas.

Necesito hablarle.

Por favor, ábrame una excepción.

Espero su contacto.

Un saludo,

Alexander

La doctora permanecía implacable, le enviaba la misma respuesta. Y a cada semana, Alex volvía a insistir:

Hola Doctora Jeanne,

Empiezo a enterarme de que usted tiene razón.

Por favor, déjeme verla antes del jueves.

Se lo suplico!

Alexander

Y incansablemente continuaba Alex:

Doctora Jeanne,

Usted tiene razón, tengo que tomar una actitud.

Hable conmigo, por favor!

Alexander

Por fin, el último mensaje de mi desesperado amigo, el día mismo de muerte, seguido de la misma respuesta despiadada de la psiquiatra:

Doctora Jeanne,

No puedo más.

Alexander

En este punto yo estaba chocado. Por un lado, yo comprendía la actitud de la psiquiatra, no entiendo mucho de terapias, pero me imagino que no sea algo que se haga online. Lo que me sorprendió más fue la insistencia de Alex. ¿Por qué insistía en escribir esos correos si ya sabía que no obtendría ninguna respuesta, a no ser en las sesiones en el consultorio? ¿Estaría obsesionado con alguna idea? ¿O quería dejar registrados sus intentos de contacto con la doctora por alguna razón?

Decidí intentar con la psiquiatra lo mismo que había intentado con los contactos anteriores, le envié un mensaje:

Estimada Doctora Jeanne,

Me llamo José, todavía no me conoces.

Soy amigo de Alexander García.

Me imagino que usted ya se haya enterado de lo que le sucedió a mi amigo.

Entro en contacto con usted para preguntarle si tienes alguna información que me pueda ayudar a descubrir la verdad sobre su muerte.

Espero su contacto.

Gracias.

Un saludo,

José dos Santos Silva

El tono severo con el que me contestó ya me era familiar y de hecho, era lo que esperaba:

Estimado José,

No discuto cuestiones de mis pacientes con nadie además de ellos mismos.

Cordial saludo,

Doctora Jeanne Roland

Psiquiatra

En este momento me sentí totalmente desesperanzado. Había agotado todas mis fuentes de investigación. Creía que tenía toda la verdad codificada dentro del ordenador y terminé solo, defraudado y sobretodo humillado por mi fracaso. Además, estaba destrozado después de tantos días de trabajo y esfuerzos inútiles. Por fin, decidí salir un poco. Hacía días que estaba encerrado, comiendo nada más que pizzas y enlatados. Quería comer algo distinto, ver gente, estirar las piernas. Me dirigí a la cafetería de la esquina deseando un suculento entrecot de ternera.

Cuando entré en el café me di cuenta de que eran las siete de la mañana, así que no me quedaba más opción que unas tostadas y un café con leche. Empecé a leer el periódico que estaba en la barra y me encontré con la portada: Hallado muerto un joven en la Universidad Complutense de Madrid. La conclusión del periodista sobre el caso me pareció absurda, pero me dio una pista, el periódico: El observador imparcial. De pronto el nombre me trajo a la memoria el reportaje que había encontrado en el ordenador de Alex, en la misma carpeta donde estaba el archivo con las claves.

Tomé mi tiempo, volví a casa y me puse a descansar un par de horas antes de ir a por el artículo del periódico. Ya no creía en mi capacidad de sospechar. Las pistas que encontré me llevaron a ningún sitio, me daba casi por vencido. Pero no antes de ir hasta al fin de la línea.

Me desperté aturdido, sin saber cuantas horas había dormido. Había soñado con Alex, un sueño rápido como un flash. Estaba yo delante del ordenador cuando me saltó su rostro con una expresión de desespero. Parecía suplicar ayuda, como si estuviese preso dentro del ordenador. Me quedé paralizado por el miedo mientras la imagen de mi amigo se esfumaba delante de mis ojos. El recuerdo de Alex despareciendo como polvo me dio fuerzas para reempezar con la última pista que tenía.

El artículo era de hecho un largo reportaje investigativo que relataba la muerte de dos estudiantes alrededor de los 23 años de edad en Madrid. El periódico era reciente, de tres meses antes, pero los hechos habían pasado hace tres años. El texto contaba que los dos cuerpos fueron encontrados en una fría mañana de invierno, pero cada uno en un sitio distinto. Las coincidencias entre ellos eran espantosas: las dos muertes podrían haber sido por suicidio o asesinato, las condiciones en que fueran encontrados no permitían una conclusión definitiva. Los chicos eran amigos y sus parientes y amigos relataron que poco antes de la muerte estaban muy raros, callados, distantes, no salían mucho y cuando salían iban siempre juntos. Uno de ellos, el día anterior de la muerte, había enviado un mensaje al móvil de su madre con la frase “No puedo más”. Y eso era lo único que no tenían en común puesto que no se sabía si Luis -el otro chico- también había enviado algún mensaje parecido. No se pudo descubrir a que se refería. La policía archivó el caso por falta de pruebas. Pero sus familias siguieron luchando por justicia todos esos años y por fin lograran publicar el reportaje con el objetivo presionar la policía para reabrir el caso. Casi al final del reportaje, me sorprendió el siguiente párrafo:

El observador imparcial intentó hablar con la doctora Jeanne Roland que era psiquiatra de Luis a la época de las muertes, pero ella se negó a dar entrevista alegando que las cuestiones de sus pacientes no discute con nadie además de ellos mismos.

Estaba estupefacto con las casualidades que unían la muerte de Alex con las de esos dos chicos. De pronto, tuve una idea. En el reportaje figuraba el nombre de la hermana de Luis, Cristina Puertoluna, entonces decidí buscarla en las redes sociales y por fin la encontré en el Facebook. Le escribí lo siguiente:

Hola Cristina,

Me llamo José, todavía no me conoces.

He leído el reportaje sobre la muerte de tu hermano.

Siento mucho por tu pérdida.

Te escribo porque un amigo mío ha muerto hace poco y he encontrado algunas macabras casualidades entre su muerte y la muerte de Luis.

Me gustaría hablar contigo porque necesito descubrir qué le pasó a Alex y ya no tengo nadie con quien hablar.

Te pido, por favor, que haga contacto conmigo.

Muchas gracias,

José dos Santos Silva

Al mismo día recibí la respuesta. Finalmente, alguien se disponía a hablar conmigo y además personalmente. Cristina me contestó que me esperaría en el Café Comercial esta misma tarde.

Llegué a la cita cinco minutos antes y puntualmente a la hora marcada, divisé el rostro triste de Cristina que no tuve dificultades para reconocer porque había visto sus fotos en el Facebook. Ella se acercó a la mesa con un aire seguro, me saludó, se sentó y me dijo que iba a hablar rápido porque no tenía mucho tiempo ni fuerzas ya para hablar del tema. Su relato me dejó perplejo.

Voy a resumir aquí sus palabras. Me contó que su hermano era un chico muy sociable, muy alegre y que tenía muchos amigos. Salía siempre de marcha, hacía muchas fiestas y estaba todo el rato acompañado de su amigo Javi -el chico que ha muerto el mismo día que Luis-. En este ambiente terminaron por involucrarse con drogas. Al principio estaban con los porros, algo que nadie consideró grave, pero algún tiempo después empezaron a tomar sustancias más fuertes. A partir de entonces, comenzaron a complicarse en los estudios, a perder peso, a alejarse de los demás amigos. Luis y Javi se hicieron inseparables. Seis meses antes del fallecimiento, los padres de Luis decidieron que debería tratarse con una psiquiatra -que no hace falta nombrar- en un intento desesperado de recuperar su hijo que estaban perdiendo para las drogas. Pero la acción tuvo el efecto contrario. Cuando empezó a frecuentar semanalmente el consultorio de la doctora Jeanne, Luis se fue poniendo cada día más raro. Estaba obsesionado con algo, a veces creía que alguien le perseguía y las únicas personas con quien hablaba eran Javi y la doctora. Cristina, preocupada por su hermano, intentaba escuchar detrás de la puesta las conversaciones de los chicos. Lo poco que pudo oír fue:

- Javi, ella tiene razón, me estoy dando cuenta. Ella tiene razón. Tienes que creerme. Tenemos que hacer algo, Javi. No puedo más. ¿Vienes conmigo?

- Sí, estoy contigo.

Ella creía que su hermano había sido manipulado por la psiquiatra que lo había inducido al suicidio y él, por su vez, había inducido a Javi. No dudaba de esta conclusión y por mucho que quisiera, no tenía valor de decírselo a sus padres. Prefería dejarles creer que su hijo había sido asesinado.

Cristina terminó su relato, me miró a los ojos y me dijo:

- Eso es todo. Lo siento, pero no puedo escuchar la historia de su amigo.

Se levantó y se fue, nunca más volví a verla. Pero, no hacía falta. Ella me había dado la clave para solucionar el misterio de la muerte de Alex. La psiquiatra, esta persona fría e implacable, a quien mi amigo había suplicado ayuda era la culpable. Mientras él se aferraba a ella, creyendo que era la única persona de quien se podía fiar, ella le engañaba, le manipulaba, le volvía obsesionado con una idea que hasta hoy no logro descifrar. Lo llevó a la desesperación, al punto de quitarse su propia vida. Mi pobre amigo, confundido, traicionado, abandonado. Muerto.

Después de mi descubrimiento, decidí callarme. No tenía pruebas suficientes de mi teoría y tampoco quería dar a los padres de Alex un sufrimiento más: el de saber que su hijo había sido inducido a abandonar la vida.

Yo seguí con mi vida, solo y aburrido, que más podría hacer. Pero de algo estoy muy seguro: nunca más me fío de los psiquiatras.

martes, 18 de enero de 2011

Señora de la limpieza

La policía llegó al cabo de un rato y lógicamente, se enteraron de que había sido yo la persona que lo había encontrado. Me acribillaron a preguntas que me pillaron out of order….

Esto no me puede estar pasando a mí justo ahora que empezaba encontrar el camino hacia él. Think, think, think… Ya claro, piensa, pero el Conde de Montecristo tuvo 14 años para urdir su venganza y yo acabo de empezar a aclararme la cabeza. No tengo un Abate Faria que venga y me dé la clave del tesoro…

Tras pasar un tiempo en la cafetería con Paco me fui a casa. Allí intenté dejar por escrito todo lo que había declarado ese día, tanto a la policía como al resto de personas con las que había hablado. Pero mi mente estaba demasiado dispersa como para dejar un escrito coherente. No dejaba de pensar en la aparición de aquel dead guy.

¡Ja, ja! Es perfecto porque él no se lo esperaba. ¡Shit, this is brilliant! Soy como D’Artagnan descubriendo a Milady. Pero en este caso Milady va a ganar porque no tiene flor de Lis ya que no ha robado nada más que la astucia que el mundo la ha proporcionado. ¡Montse!, escribe, escribe que eso puede valerte otra tesis.

Yo no pude desvincularme del trabajo tan fácilmente como el resto ya que yo era señora de la limpieza. ¡Lucky them! Eso sí, agradecí enormemente la vuelta a la rutina y la discreción que me proporcionaba mi puesto.

Who cleaned the floor? Where is the blood?

Me pasaba mis horas libres como Sherlock, divagando y fingiendo que todo era banal para mí. Pero mi Watson was as realiable as he is expected to be y guardaba una fiel reproducción de todo lo que pasaba por la facultad: estudiantes tristes, estudiantes alegres, profesores viejos, profesores jóvenes…

¿What the f… is doing the priest? Is he mentally insane? He must stay inside his little church and pray! Se piensa que es un Guillermo de Baskerville cualquiera y busca su Adso. Disgusting!

Total, que me impregné totalmente de todo lo que ocurría por la Facultad. No era muy distinto a mis años como estudiante tanto de carrera como de Doctorado.

Thank God I sent everything to my hometown…

Pasaron los días y no supe más de la policía pero si me enteré de cuatro cositas más: el chaval muerto no tenía nada de extraño según mi punto de vista. Está claro que los periodistas van a empezar a sacar wrong conclussions about him: he was tall, he had tattoos, he was latin… ¿Acaso Otelo no era negro y es el gran protagonista, aunque desafortunado? Como odio los prejuicios. Por eso me deshago de todos, incluso de los que la gente tiene de mí…

¿Y si me voy a casa? ¿Recojo todo y lo quemo? Dantes no dejó nada de su antigua vida a la vista. ¡Haz tú lo mismo! Qué manía tenemos de dejar todo a medias. Como diría mi madre “primero la obligación y luego la devoción”.

La policía me había dado órdenes de no salir del país durante unos días así que no había por dónde atajar mi situación. Entonces sólo me quedaba una opción.

Habrá que resolver esto antes que nadie y chantajearle para que publique que toda la culpa es de su mala gestión universitaria. ¡Ja, ja! Dimitirá sólo porque la presión social lo provocará. ¡Moriré tranquila! What a relief!

domingo, 16 de enero de 2011

Primera crónica de Arsenio Cañizares en "El Observador Imparcial"

Hallado muerto un joven en la universidad Complutense de Madrid
·         El cadáver presentaba signos de violencia y tatuajes que lo vincularían a bandas latinas
·         La policía investiga cómo pudo llegar hasta el patio interior donde fue encontrado
Un joven de unos 25 años de edad fue hallado muerto ayer por la mañana en un edificio auxiliar de la facultad de Filología, en la universidad Complutense de Madrid. El cadáver, que presentaba  múltiples tatuajes se trataría presuntamente del estudiante portorriqueño A.G.B. aunque este extremo aún no ha sido confirmado. La policía se encuentra perpleja por la ubicación del cadáver que fue encontrado en un patio interior cerrado del edificio, conocido como el “D” e investiga su posible vinculación con bandas latinas. El juez personado en el lugar de los hechos decretó el secreto del sumario al mediodía de ayer, sin que desde entonces haya trascendido más información oficial.
Según testigos presenciales, el cadáver fue hallado hacia las siete de la mañana por una de las empleadas  de limpieza de la facultad, quien es normalmente la primera persona en acceder a la zona . Se da la circunstancia de que la facultad permaneció cerrada desde el viernes pasado hasta ayer jueves debido al “puente de la Constitución”, lo que arroja muchas dudas respecto a cómo y cuándo pudo llegar la víctima hasta este patio.
La policía acudió a la zona hacia las ocho treinta de la mañana cuando alrededor de las dependencias ya se iban congregando profesores, personal administrativo y auxiliar, y estudiantes, quienes se mostraron sorprendidos y consternados por la noticia. Para una primera identificación del cadáver la policía contó con la ayuda de los profesores, varios de los cuales constataron que se trataba de A.G.B., estudiante portorriqueño de unos 25 años, y ayudaron a la policía a localizar a algunos compañeros suyos que se encontraban presentes.
Varios de los estudiantes declararon a este periodista que el joven fallecido era “bastante popular” en la facultad, donde casi todos le conocían al menos de vista, puesto que, con sus casi dos metros de estatura y su cabeza rapada no pasaba inadvertido. Por otro lado, la presunta víctima presentaba múltiples tatuajes que también llamaban la atención a sus compañeros, en particular un corazón sangriento que lucía en la parte superior de la nuca, y que ha hecho sospechar a la policía de su posible relación con bandas. Algunos amigos más íntimos informaron que  en los últimos meses A.G.B. había experimentado cierto cambio de humor, volviéndose más taciturno y agresivo, y abandonando su carácter alegre y expansivo, propio de su naturaleza caribeña.
Fuentes de la embajada de Estados Unidos en Madrid contactadas por este diario no han confirmado la identidad del fallecido, aunque es probable que se hayan puesto en contacto con posibles familiares de la víctima, quienes, siempre según estudiantes, residirían en Puerto Rico. El estudiante fallecido al parecer vivía sólo en Madrid, en un apartamento alquilado en la zona universitaria. La embajada de Estados Unidos no quiso vincular la aparición de este cadáver a otros casos de violencia pandillera entre latinoamericanos ocurridos recientemente en la capital, y se remitió al secreto del sumario.

RECUADRO
El edifico D es una construcción moderna  del año 2006 donde decenas de profesores de la facultad de Filología tienen sus despachos y donde también se imparten algunas clases de máster y postgrado. El edificio tiene tres plantas útiles (bajo y dos pisos) y dos sótanos que permanecen  sin servicio hasta la fecha y que están diseñados como salón de actos y biblioteca.  El edificio se divide en dos alas de estructura simétrica (ver infografía). Cada ala cuenta con un patio interior de planta rectangular, acristalado desde el piso bajo hasta el techo, y otro patio interior central a nivel del segundo piso. Van a dar a estos patios acristalados, escaleras y pasillos cuyas ventanas no se pueden abrir, y los despachos privados de profesores -17 despachos en la segunda planta en el lado oeste y seis despachos en la primera planta en el lado este- cuyas ventanas sí pueden abrirse. En circunstancias normales sólo puede accederse al patio interior por la puerta a nivel del piso bajo cuya llave guarda el bedel del recinto y que estaba cerrada cuando el joven fue descubierto. Esto unido a los signos externos del cadáver indicaría que presuntamente éste pudo ser arrojado desde uno de los despachos.
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Cuando Arsenio Cañizares mandó, no sin esfuerzo, su primera crónica del caso al periódico desde su Ipad, y terminó de dar las instrucciones a los de infografía para la ilustración del recuadro, decidió darse una vueltecita por el interior del edificio siguiendo su olfato de sabueso. Los muchachos de la Brigada ya habían abandonado la escena, los testigos locuaces ya no daban más de sí  y Cañizares se dispuso a investigar por su cuenta donde la experiencia le indicaba que estaban las mejores fuentes. El bar, que a esa hora normalmente bullía al ritmo de la máquina de café y el entrechocar de platos, estaba medio vacío a causa de la interrupción de clases esta mañana. Esos vagos –pensó- habían aprovechado para tomarse el día libre. Pero no se arredró ante la falta de informantes y se dirigió disimuladamente a un camarero joven que pegaba la hebra con una chavalita cuya oreja derecha estaba decorada con una hilera de clavos. Arsenio no dejó de percatarse de la mejor disposición para la charla del otro camarero, un hombre de unos 60 años, que en ese momento intentaba meter baza en la conversación que mantenían varios profesores, pero su instinto le advirtió que los jóvenes tendrían más posibilidades de conocer al muerto. Así que se acodó en la barra cerca de la chica, quien instintivamente se alejó medio metro, y pidió un carajillo.
-          Menudo día, vaya follón habréis tenido con los maderos toda la mañana dando el cante, dijo a modo de introducción.
-          Pues sí –respondió el camarero- No han dejado de dar la vara con preguntas. Encima el jefe ha decidido que esto estaba muy tranquilo y se ha pirado a la una.
-          Es lo que tienen los jefes, mucha jeta. A mí, ya me ves, aquí todavía trabajando y eso que ya no hay nada que rascar. Y lo mismo, él en la redacción, calentito y viendo la tele, que es lo único que sabe hacer.
-          ¿Es usted periodista?, preguntó el camarero-.
-          Arsenio Cañizares, redactor de sucesos de “El Observador Imparcial”, para servirte. Y hablando de servir, anda ponte otro carajjillo, que no consigo entrar en calor.  ¿Tú quieres algo,  guapa? le preguntó a la de las chinchetas como si la conociera de toda la vida.
-          No gracias, ya me iba. Chao Pascual, nos vemos mañana, dijo ella, y se alejó  evitando mirar al camarero y al propio Arsenio.
-          Adiós, -respondió Cañizares sin que nadie le diera vela-.                                                          Chico, no te pongas así, que vuelve mañana, bromeó para hacerse el simpático, provocando una inmediata ola de odio en Pascual.-
-          Son 6 euros, cuando pueda, -cortó el joven-.
Gracias a su experiencia en el trato con toda clase de calaña, Cañizares captaba bien los sutiles cambios de humor de sus semejantes, y pronto aceptó que había agotado esta vía de penetración. De un rápido vistazo recorrió el paisaje de la cafetería, que se estaba animando con la llegada de nuevos parroquianos. Un grupo de adultos con cierto ataque de ansiedad colectiva escuchaba el relato de uno de los profesores, un hombre mayor, se diría la borde de la jubilación, que Arsenio había visto pulular toda la mañana alrededor de la gente de la Brigada y los testigos, buscando la manera de hacerse él útil con la evidente  intención de enterarse de todo. En una mesa observó a unos cuantos jóvenes bastante normales –pelo corto –ellos-, largo –ellas-, mochilas, libros- que formaban un corro bastante parecido al de los profesores. Otras mesas congregaban a jóvenes aficionados a la automutilación del cuerpo y a la ropa de color negro, y en otras se reunían barbudos de pelo largo con chavalitas envueltas en palestinas. Pero fue en la esquina más alejada donde encontró Arsenio el filón que andaba buscando. Una pareja…

lunes, 10 de enero de 2011

Investigación del profesor Corbacho

Dejo aquí el texto ya completo. Es una primera versión y se puede retocar si es necesario en función de los problemas de compatibilidad que surjan en clase.
Para la lectura, recomiendo que se vayaa las notas al pie de página (que están medio escondidas por culpa de blogspot y que en word se ven mejor) a medida que se avanza.



Demonios.

Eran las tres de la mañana y ya no podía dormir. El sobresalto que me había devuelto a la vigilia lo había estropeado todo. Ahora mis ojos pedían luz. Daba vueltas y más vueltas en la cama tratando de aliviar los picores que en las piernas me producía el pijama de franela. El reloj seguía marcando la misma hora que la última vez que lo comprobé, hacía una eternidad, y su inmovilidad me desesperó. Prendí la lámpara de la mesilla y retiré la pesada frazada. La casa estaba helada y mis pies aullaron al rozar el suelo. Mi rodilla derecha lo llevaba avisando desde hacía varias semanas: el final del otoño prometía ser insoportable.

Cogí de la nevera un cartón de leche que mis dedos apresaron como garras. Como garras... moribundas. ¿Desde cuándo los temblores eran así de intensos? ¿Desde cuándo mis manos sufrían espasmos violentos? Las venas moradas, gruesas, que me recorrían la piel blanquecina y la fragilidad con que el cartón se agitaba hasta que lo deposité en la mesa, renovaron en mi memoria la imagen de ese chico al que habían encontrado por la mañana, pálido y frío, los labios helados como la niebla que lo envolvía, en el patio de la facultad. Esa imagen se había vuelto mi pesadilla, tan exacta a cómo yo la había vivido, tan real y a la vez tan diferente. La escena era la misma. Los actores, los mismos. Desde la misma esquina, a través del cristal, un par de chicos camuflaban su morbosidad mirando el cuerpo de reojo. El cuerpo. Ese cuerpo ya no era el mismo. La misma postura, sí, la misma rigidez, incluso el mismo gesto de horror en los ojos. Pero, en mis sueños, no aparecía ese chaval, como se llame. No. Tampoco lo rodeaban los murmullos que repetían la hipótesis del suicidio suicidio -me hace gracia lo ingenuos que somos, nos inventamos lo que sea, una y otra vez, de la forma más perversa, para no admitir que nos matamos los unos a los otros-. Si me desperté sobresaltado fue porque al mirar la cara del cadáver sus rasgos me confirmaron lo que llevaba intuyendo los segundos o siglos que había durado el sueño. Yo era el cadáver.

Eran las tres y cuarto. Normalmente duermo de un tirón hasta las cinco, hora en que mi vejiga me llama con insistencia, y, tras ducharme y tomar un café solo, bien cargado, a las seis en punto empiezo a trabajar esperando la primera luz del día con la mente lúcida. Hoy no iba a ser posible. Me senté en el despacho y dejé que mi memoria regresara a la agitación del día anterior, una nebulosa informe de imágenes que saturaban mi cabeza. Trataba de aclararme, pero mi cerebro no me respondía. Si algo me molesta en esta vida es que, a mis años, después de todo el ejercicio intelectual a que me he sometido, aún haya momentos en los que no pueda pensar con claridad cuando me lo propongo, momentos en que siento que mi sistema cognitivo regresa a un estado anterior de la evolución, como un primate, o como la mayoría de mis alumnos de primero. Necesito liberarme de todo esto. Necesito expulsarlo, así que me armo de papel, pluma y tinta y me dispongo a realizar aquello que siempre me alivia cuando me asalta esta súbita necesidad de comunicación: escribir un artículo académico.


RECONSTRUIR PARA RESOLVER. ESTUDIO COMPARATIVO ENTRE EL MITO DE SHAIDALUFER Y EL “ASESINATO SIN RESOLVER EN EL EDIFICIO D”, (ANÓNIMO)1

¿Qué pastilla quieres? ¿La roja o la azul?

Fray Juan Calagurritano del Sueño Eterno

Reconstruir para expiar

Cuando en 1975 el famoso investigador inglés John D. Pathrow descubriera en la iglesia de Santa María de la Buena Fe, a las afueras de Palencia, un manuscrito del siglo XVIII que recoge una de las aventuras apócrifas que Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, realizó por tierras de León, pocos sospecharon la importancia que tendría para la filología dicho hallazgo. En él se encuentra la única pista que permite rastrear la hoy indiscutible existencia de una civilización única en torno a Busdungo y Camplongo, pueblos en el nacimiento del río Esla, provincia de León, cuyas manifestaciones artísticas y culturales de asombrosa finura están desarrolladas hasta niveles que incluso Roma, el Imperio que la aniquiló y borró cualquier huella de su magnificencia, probablemente en decadencia desde hacía siglos, jamás llegaría a soñar.

Dado que mis investigaciones lingüísticas y arqueológicas a propósito de lo que he dado en llamar -y estoy seguro de que me reconocerán el acierto- la “civiliantesdelación”, son suficientemente conocidas y han suscitado una polémica que se ha filtrado a ámbitos en los que nunca pensé adentrarme, mi propósito en estas páginas es únicamente referirles mis conclusiones acerca de uno de los últimos hallazgos de mi grupo de investigación, unas inscripciones perfectamente conservadas y legibles,2 sobre bronce, que narran la leyenda de Shaidalufer.

Shaidalufer fue uno de los sabios más importantes de la cultura “civiliantesdelacionense”, un hombre extraordinariamente longevo3 que gozó de gran prestigio y reconocimiento en la corte del monarca Sirtenbirs (c. 600 a.C.), reinado de cuyo esplendor él fue el verdadero artífice. No era solo un consejero real, sino también un entregado maestro, un gran alquimista y un hombre dispuesto a ayudar en cualquier arte que necesitase de sus fabulosas dotes intelectuales, especialmente el arte de la resolución de crímenes4. Según el testimonio que pude descifrar, el caso más famoso en el que Shaidalufer tomó parte fue el de la extraña muerte de la joven Shamlaparson, una de sus estudiantes, aparecida muerta en extrañas circunstancias una gélida mañana de invierno, aislada en una dependencia del palacio en el que impartían las lecciones de artes y ciencias. Pero lo importante del suceso no son las circunstancias en que apareció el cuerpo, ni siquiera la escasa información que se pudiera recopilar acerca de cómo ocurrió el crimen, sino lo que sucedió inmediatamente después, recogido en varias fuentes. Reproduzco la traducción del testimonio, grabado en el bronce, de un alumno que recoge las palabras de su maestro Shaidalufer: “Shamlaparson ha muerto. ¡Ay!, pobre Shamlaparson y pobres de nosotros para siempre, solos ya en tierra de lobos para siempre. Shaidalufer camina y habla. Susurra rápido. Dice, “Shamlaparson muerta yace. Shamlaparson ha sido muerta. La diosa nieve ha apagado sus ojos. Rodean su cuerpo muchos. Demasiados lo hacen. No todos menos uno lloran5. Anifreston, la de blanca capa, sonríe. No todos menos uno buscan al culpable. Anifreston, la de blanca capa, huye despacio. No todos menos uno son inocentes. Anifreston, la de blanca capa, es culpable.” Shaidalufer deja de caminar, se ciñe la espada y sale al campo nevado gritando “¡Anifreston, no huyas!, ¡Anifreston!, ¡Anifreston, he de encontrarte!” ”. Hasta aquí el testimonio. Entre la muchedumbre congregada en torno al cuerpo sin vida de Shamlaparson, había una persona que fingía el dolor y se alegraba de la muerte, que se escabulló del lugar en cuanto tuvo ocasión. Una persona que, quédense con el dato, realizaba dos acciones fundamentales: sonreía y huía. Esa persona, Anifreston, era la culpable.

Como hemos visto, el procedimiento para la resolución del conflicto es la reconstrucción mental de la escena, algo que Shaidalufer utiliza también como forma de expiación, de bálsamo para su conciencia inquieta (observen la sintaxis apresurada, la interjección inicial, el patetismo del dolor...). Es el poder mágico de las palabras sabias el que devuelve la tranquilidad al héroe.

Este procedimiento nos es útil también para el caso del asesinato del joven que va a llenar las páginas madrileñas de sucesos en los próximos días6. Como afirmó el sabio Lorenzo Ballesteros Herrero, maestro de Ramón Menéndez Pidal, “quien conoce el presente, conoce el pasado, y todos los misterios le serán resueltos”7 (Ballesteros Herrero, 1925: 89). Siguiendo al maestro, este es ese presente o, más bien, este fue ese presente, tal y como se veía entre las ocho y media y las once de la mañana del jueves 9 de diciembre desde el lugar al margen en el que me encontraba:

El joven finado, en el centro. En contacto con él, un médico y un policía. Por detrás de estos, dos periodistas y un estudiante que no dejaba de hablar con todos, como recabando información. Finalmente, un grupo indiferenciado de estudiantes, profesores y diferentes curiosos. No me fijé en sus caras, pues todos miraban hacia abajo, bien por dolor, bien por curiosidad hacia el cuerpo, o bien por ocultar una sonrisa delatora.

A las once y cuarto presté declaración ante un policía cuyas maneras eran bastante rudas, probablemente tratando de ocultar su ineptitud.8 No sonreía. A las once y media hablé con un periodista impertinente que decía haberse citado conmigo. Su profesionalidad era dudosa. Me atrevería a afirmar que incluso sospechosa, si bien él tampoco sonreía. A las once y cuarenta y cinco me crucé con una señora de la limpieza. Tampoco sonreía, parecía... una señora de la limpieza. A las doce en punto las cosas cambiaron. Vi salir a la profesora Vázquez9 de la facultad seguida por una joven. Parecían nerviosas, pero no pude verles la sonrisa. Veinte minutos después, un estudiante sonrió cuando pasé por su lado, y varios más le imitaron. El ajetreo se volvió constante, las sonrisas empezaron a multiplicarse y el ruido y las voces resonaban por todas partes. Un rumor circulaba perfectamente audible entre la confusión: suicidio. Qué barbaridad. Escandalizado por la incapacidad y estulticia que me rodeaba10, decidí dejar el lugar e irme a casa, sonriendo al salir a la calle y sentir el sol templando el aire helado. Cicerón me esperaba en la mesa del despacho11.

Esto es lo que sé, las palabras de las que partir, la reconstrucción del presente. La cara del joven apenas me sonaba, ni siquiera conozco su nombre, pero debe bastar. Los supuestos “datos ciertos” son solo apariencias que dificultan la labor intelectual. Ahora es el momento de, como Shaidalufer, emplear la lógica.


Cuando me desperté, el sol entraba por la ventana y la luz me golpeaba en los ojos. Me dolía la cabeza. No sabía qué hora era ni dónde estaba. Unos instantes antes, mi caballo vagaba perdido entre los robles de los montes de León, buscando algo o a alguien, y ahora el brazo en el que tenía apoyada la cabeza se me había dormido, sentía los dedos agarrotados y una mancha de baba se extendía por encima de los folios en los que había estado trabajando. Ya volvería más tarde sobre ello. Eran las cinco del mediodía. Recordaba que, antes de dormirme, aún no había amanecido. Mi siesta se había alargado diez u once horas. Aunque no me habían comunicado nada oficialmente, suponía que la facultad estaría cerrada. En cualquier caso, no me iba a molestar en llamarles para avisar.

Releí lo que había escrito. No iba mal. Quería continuar, pero tenía que comer algo. En la nevera solo había un cazo de caldo de pollo y un par de plátanos medio podridos. Calenté el caldo y me lo tomé sentado en la mesa de la cocina, con el pijama aún puesto, oliendo a sudor. Al levantarme, por la noche, había olvidado ponerme la dentadura, así que dejé los plátanos para otra ocasión. Tenía prisa por sentarme de nuevo a escribir, un ímpetu que creía haber dejado atrás hacía mucho. Era el mismo sentimiento que me impelía a devorar uno tras otro los libros de detectives cuando tenía trece o catorce años. Me encantaban Sherlock Holmes y Hércules Poirot, con su inteligencia portentosa y su encanto natural. Mucho más elegantes que todos esos detectives de pacotilla que vinieron después, que América se inventó y Europa, demostrando una vez más su irresponsabilidad, copió. Marlowe, Maigret y esa chusma, unos brutos que apenas sabían hablar y que no dudaban en recurrir a la violencia en cualquier ocasión. Perdieron toda la clase que habían tenido. Es incomparable un personaje como Poirot, paseando por el lujoso Orient Express, un auténtico gentleman confiado a su sangre fría y a sus células grises, frente a cualquiera de esos más que sabuesos, chuchos, que se arrastran por las cloacas de cualquier ciudad y que son incapaces de enfrentarse a cualquier reto intelectual de cierta altura, a cualquier prueba que requiera un mínimo de inteligencia, por mucho que la profesora Vázquez con sus moderneces se empeñe en negarlo. Y todavía habrá gente que piense que la sociedad no camina irremisiblemente a su perdición.

Me senté de nuevo frente a los folios. Era el momento de comenzar la segunda parte del artículo.


Reconstrucción como indagación

En el mismo bronce que el testimonio de este estudiante anónimo, encontramos otro, más extenso y con una mayor riqueza acerca de la forma de trabajar de Shaidalufer. Quizá por esa razón aparece firmado. Su autor, llamado Leisquesten, es otro estudiante, probablemente más avanzado que el anterior y que demuestra mayor rigor a la hora de escribir y de captar los aspectos importantes del trabajo de su maestro. Dice así: “Shamlaparson murió por causa y mano desconocida. El maestro, Shaidalufer, se mueve por el claustro e intenta comprender. Primero se mueve, se agita y se sienta. Dice: “No todos menos uno son inocentes.”. Entonces se mueve y se agita hacia atrás. Camina de espaldas, sin caerse, hacia atrás. Asombro de todos ante la habilidad de Shaidalufer para caminar de espaldas, sin caerse, hacia atrás. No se pisa la barba, tampoco, aunque camina hacia atrás. Dice, “tengo que volver, tengo que caminar hacia atrás, no todos menos uno sonríen, ¿por qué no todos menos uno sonríen? La respuesta está detrás, tengo que caminar hacia atrás12”. Shaidalufer camina hacia atrás para encontrar el motivo, porque de quienes rodean a Shamlaparson, uno ya la conocía detrás. Shaidalufer camina cada vez más rápido hacia atrás, corre entre las columnas y grita desde el otro lado del claustro para que podamos oírle: “Quien no llora pero sonríe, quien no busca pero huye, es el culpable. Debéis buscarlo atrás”. Cuánto me alegro de que Shaidalufer sea mi maestro, él es el hombre más sabio del reino, él tiene barba blanca y habla con los animales. Él sabe hallar lo escondido.” Continúa, durante varias líneas, el discípulo ensalzando a su maestro, y concluye: “Shaidalufer ha dejado de correr hacia atrás y ahora apoya la cabeza en el suelo y los pies en alto, y la túnica se le cae y deja al descubierto lo escondido, porque quiere ir más atrás, y grita: “Anifreston, la de blanca capa, es culpable. Anifreston, la de blanca capa, sonríe. Anifreston, la de blanca capa, huye. Ella mató a Shamlaparson porque se conocían detrás, mucho detrás. Anifreston, la de blanca capa, quiso dormir con bella Shamlaparson, pero Bantaqber, madre de bella Shamlaparson, la ofreció a joven Lariston, que la amaría para siempre. Anifreston, la de blanca capa, no quiso más a Shamlaparson pero odió a Shamlaparson y, movida por el odio, asesinó a Shamlaparson. Dadme mi caballo, he de salir a buscar a Anifreston”, dijo Shaidalufer, que tenía la cabeza en el suelo y los pies en lo alto”.

Hasta aquí, el testimonio del estudiante, lleno de amor y admiración hacia su maestro, el sabio y respetado Shaidalufer., que hace la postura vulgarmente conocida como “el pino” para ver el pasado. Sin embargo, aún hay otro testimonio importante que ayuda a aclarar muchos de los misterios y que da cuenta de la magnitud de la figura de Shaidalufer. Es un testimonio que he publicado en un artículo anterior (Corbacho, 1995), pero que cobra pleno sentido en este momento. La que habla no es otra que Anifreston, “la de blanca capa”, y lo hace desde la mazmorra, poco antes de ser ajusticiada13: “Sí, amé a la bella Shamlaparson, pero Bantaqber dijo “no”, no la bella Shamlaparson, sino Bantaqber dijo “no”, y nos prohibió vernos. Nos lo prohibió aunque sabía que era imposible que no la viese, y después de las clases nos quedábamos solas, y hablábamos de escaparnos. Pero un día me dijo que amaba a Lariston porque era más joven que yo y la cuidaba y la alimentaba bien, y la locura se apoderó de mí. Saqué el puñal, lo clavé en la carne tierna y escapé por la ventana, lejos del aullido de mi amada Shamlaparson. Por la mañana volví al lugar donde ella había muerto y la miré, y sonreía cuando todos lloraban, huía cuando todos buscaban, porque la amaba y ahora estaba loca y lo sabía. Por eso, cuando vi llegar a Shaidalufer entre el polvo, con el sol reluciendo en su espada, supe que había de morir, y que era justo. Shaidalufer lo sabía todo. Él habló con Bantaqber pero ya lo sabía atrás, solo esperó que Bantaqber dijera: “sí, así ocurrió”. Shaidalufer vivirá para siempre y yo desapareceré para siempre, lejos de Shamlaparson”.

Este es el estremecedor testimonio de Anifreston, probablemente grabado en la piedra por el escriba unas horas antes de su muerte, condenada gracias a que Shaidalufer reflexiona sobre el pasado de Shamlaparson y descubre la relación entre ambas, que la anciana madre le confirma. Es gracias al poder de su razón como el héroe resuelve el crimen, convirtiéndose en un ser superior, dotado de esa categoría sobrehumana que Anifreston califica como “vivirá para siempre”.

Aplicando, pues, la misma metodología que Shaidalufer utiliza, el investigador que desee resolver el crimen en el D debe bucear en el pasado del chico y, de entre todos los motivos posibles que se pudieran aducir, elegir aquél que apunte a esa famosa persona que “sonreía y huía”, que se escabulló del lugar de los hechos y recibía algún beneficio -sea este moral, visceral, pecuniario o de cualquier otro tipo- o, como a Anifreston, le dominaba la locura, un trastorno que dibujaba en su rostro una alegría irreal, un simple trasunto oscuro del dolor. Sencillo. Como vengo repitiendo y no me cansaré de hacerlo hasta que sea efectivamente recordado por todos mis colegas y alumnos, todo está en los textos. Solo quien sabe leer los textos sentirá el filo bruñido de su espada relumbrar al sol y vibrar al son de la Verdad y la Justicia.


Ya lo tenía. Estaba claro. Con unos principios, metodología, rigor y, lo más importante de todo, partiendo del texto base, solucionar el misterio era posible. Me sentía emocionado. Era ya noche cerrada y apenas podía distinguir las letras. Me dolían los ojos por el esfuerzo, pero había merecido la pena. Caminé, aún con el pijama que no me había cambiado en veinticuatro horas, hacia el salón. Mis axilas vertían un olor desagradable y pastoso, un olor a viejo. Salí al balcón para respirar el aire helado, desafiando a toda pulmonía. Las farolas brillaban con fuerza y el ruido del tráfico era ensordecedor. El mundo rugía y ardía a mi alrededor sin prestarme atención. Sabía lo que debía hacer. Solo me faltaba un testimonio, y me esperaba ahí fuera. Era la hora en que yo, Epidio Corbacho Rey, saltaba a la batalla para encontrarme con mi destino olvidado de héroe.

Pasé los siguientes días simulando volver a la rutina. El fin de semana estuve en casa, ocupado con la lectura de una de las tesis que dirigía, y el lunes regresé a la facultad, tratando de pasar inadvertido para recopilar todos los rumores que me fuera posible. Intentaba continuar con las clases y la que había sido mi vida sin levantar sospechas, pero yo mismo me veía temblar de emoción cuando creía descubrir algún posible indicio que arrojara luz sobre la gran duda que me corroía, la gran duda que me impedía dormir por las noches y que retrasaba el momento decisivo en que me iba a convertir en el justiciero que todos esperaban. ¿Quién es ese personaje cuyas palabras me harán ver la luz? ¿Dónde está Bantaqber?

Mi obsesión -así llegué a calificarla en mis noches de insomnio- no me impidió darme cuenta de que algo vibraba en los pasillos de la facultad. De repente, parecía que las paredes estaban atentas a cada paso, que cientos de ojos observaban desde las sombras y que el silencio se había vuelto oscuro, extraño, peligroso. En mi febril búsqueda, había llegado a dividir a todos los que me rodeaban en dos grupos, quienes sospechaban de mí -un temblor apenas perceptible en la voz, una mirada sutilmente aviesa, como la del cazador sobre la presa que no conoce aún su fatal e ineludible destino- y quienes pretendían arrebatarme la gloria, ese camarero, esa señora de la limpieza, incluso el padre X, que parecían haberse transformado. Aquellos a quienes llevaba años saludando con familiaridad (sin llegar jamás al nivel soez de la simpatía) eran ahora extraños que me perseguían para impedirme cumplir mi misión (me vienen a la cabeza las famosas palabras del gran sabio chino Mi Nhi Noh a finales del siglo XII: “cuando el sacerdote corra tras de ti, no le mires a los ojos”). Y yo aún no había encontrado el último testimonio.

Por si fuera poco, las escasas horas en que conseguía dormir era atacado por imágenes fúnebres y pesadillas que me hacían despertar agitado y sudando, lo que debilitó notablemente mi salud. En los sueños se repetía una y otra vez la misma imagen sin perder su efectividad: un bosque nevado, el aullido de los lobos y un hombre inmóvil tendido boca abajo, tiñendo la blancura con su propia sangre, que se derramaba desde la espalda, donde tenía clavada una espada, y continuaba en un hilo sinuoso hacia el valle, lejos de mi vista. Cuando me acercaba y giraba su cuerpo, descubría una y otra vez el mismo rostro y la misma expresión de horror, el mío e, indefectiblemente, un segundo después me despertaba aterrorizado.

Ese maldito testimonio.

Pasaban los días y mi arrojo flaqueaba. Los rumores parecían dispersarse, como si hubieran perdido el centro y ahora vagaran, desorientados, entre una niebla sin referentes. Otra vez me ocurría lo mismo. Otra vez sentía la solución tan cerca pero no conseguía apresarla. Otra vez debía resignarme a esta vida rutinaria, a estas clases sin sentido, a estos alumnos insoportables. Otra vez, a sentir el odio del mundo atravesándome por la espalda. Yo, que solo había querido ser el héroe que ellos necesitaban. No había sido capaz de encontrar a Bantaqber. Todo estaba perdido, otra vez.

A no ser...


Reconstrucción como resolución.

La mentira está en el futuro

la verdad habita el origen

Driyeptur

Finalmente, apareció el último testimonio en el único lugar en que podía estar. El origen. Shaidalufer lo había hallado sin moverse de su palacio, solo caminando hacia atrás, porque la bella Shamlaparson jamás había salido de su tierra, nunca había cruzado las fronteras de Busdungo y Camplongo. Atrás y antes se encontraban en el mismo lugar. El investigador que deseara resolver el asesinato descubierto el pasado jueves necesita algo más que células grises y varios rumores dispersos. Necesita un asidero, un origen. Allí, como nos dice Driyeptur14, “habita la verdad”. Vive la verdad, físicamente. Remóntense, por tanto, al origen. Buceen en él, en la oscuridad que precede a la luz, en las tenebrosas tierras enfangadas del pasado. Tanteen, amigos, pero no demasiado. La solución sigue estando en su cabeza15.


Bien, al final lo resolví. Entendí cuál era la pieza que me faltaba, aquello que Shaidalufer sabía y que yo, imperdonablemente, había olvidado: un nombre, Alexander García Barceló; y un lugar, un origen: San Juan de Puerto Rico. “En el origen habita la verdad”. Y descubrí la verdad, la única posible.

La verdad es que dormitar en la playa en diciembre, tostándome al sol, es mucho mejor que corregir exámenes. La verdad es que la joven mulata que se broncea a mi lado es espectacular y ni siquiera ha oído hablar de la “civiliantesdelación”. La verdad es que, sin decírselo a nadie, cogí un avión de Madrid a San Juan para hablar con Alejandra, la madre de Alexander, la Bantaqber de esta historia. Ella solo respondió a mis preguntas con una frase: “para nosotros, nuestro hijo murió hace mucho tiempo”. Sentado en la playa, oyendo el rugido del océano e imaginándome a toda la facultad en Madrid intentando averiguar dónde me he metido, pienso que esa es una buena verdad. Alexander ya había muerto hace mucho tiempo, no tiene sentido hurgar más en ello. Saber eso me permite dormir de un tirón durante diez horas, soñar con mulatas cuarenta años más jóvenes que yo y vivir la vida, la poca que me queda, sin preocupaciones. Al demonio mis investigaciones. Alexander no existía. Alexander no era un chico de carne y hueso, sino algo mucho más importante: la pieza que faltaba en mi vida. A Alexander no lo asesinaron. Si acaso, a Alexander lo mató mi hada madrina, profesora Vázquez, muchas gracias.

¿Se me ha escapado? Bueno, era evidente, el razonamiento era perfectamente lógico y llevaba a una única posible conclusión. Solo hubo una pequeña confusión: en este caso Bantaqber no era una mujer, sino un hombre, el testimonio que faltaba no estaba en este caso en el sexo débil, sino en el fuerte (¡Ja!, ¡chúpese esa, profesora!). La profesora Vázquez no es lesbiana, eso solo es un rumor que me encargué de difundir entre los círculos académicos. Estoy convencido de que amaba a Alexander y que este la había rechazado varias veces. Este es el último testimonio: Cuando la madre de Alexander se despidió de mí y salió del bar en el centro de la ciudad donde habíamos quedado, un hombre se me acercó. Era su padre, Edmundo, un hombre arisco e imponente que, sin apenas saludarme, me enseñó una foto en la que aparecía, desnuda, tendida en una cama estrecha sin sábanas, la doctora Vázquez. “Esta es la primera española con la que se acostó mi hijo”, me dijo. “Me envió la foto con una carta en la que me decía que el fantasma de mi hijo, ese que nosotros dábamos por muerto, seguía acostándose con mujeres del otro lado del Océano. Solía enviarme una cada semana, era toda la comunicación que teníamos. Quería martirizarme”.

Así que fue ella. Mi mente se puso a funcionar y resolvió el puzzle: el descubrimiento del cuerpo, la huida de la profesora con su becaria, probablemente el cebo con el que la doctora Vázquez atraería a Alexander, lo drogaría y, entre ambas, lo golpearían hasta matarlo y arrojarlo desde la ventana de su despacho al patio interior.

Pero ya daba lo mismo. La vida era hermosa sin culpables. La arena se incrustaba en las arrugas de mi cuerpo, el calor me aplastaba contra el suelo y nadie en el mundo conocía mi paradero paradisíaco. No necesitaba ninguna espada refulgente brillando al Sol ni salir cabalgando a la llanura para encontrar a Anifreston. Ni siquiera necesitaba ya textos. Ni siquiera necesitaba ya palabras. La vida era hermosa sin palabras.

1Utilizo esta terminología consciente de su provisionalidad. Sé que mis colegas disculparán mi premura al ocuparme de un asunto tan candente y del que aún no tenemos todos los datos o, al menos, que guardarán su juicio hasta el final de la lectura. En cualquier caso, confío en su benevolencia -aunque la experiencia me haya hecho dudar de que algunos posean tal cualidad- y me comprometo a introducir las modificaciones pertinentes a medida que sepamos más acerca del caso y la identidad del autor.

2Siento pena y vergüenza por igual al admitir que aún soy el único capaz de traducir con cierta precisión la lengua de la “civiliantesdelación”, dato que pone al descubierto las carencias de las nuevas generaciones de estudiantes en España, más interesados en modas postmodernas y deconstructivas que en la verdadera sabiduría.

3En este sentido, podría emparentarse con el más conocido “Matusalén”, si bien en los textos encontrados y, especialmente en el magnífico poema épico “Shaidalufer del Esla”, nuestro héroe alcanza una dimensión casi divina, de la que carece el bíblico.

4Muchas de las críticas que mi teoría acerca de la “civiliantesdelación” ha recibido (v. Robinson Treust, 2000 y Jaime Alcazar, 2007) apuntan al carácter utópico de mis escritos. Bien, señores, siento derribar sus contrahipótesis al comunicarles que Busdungo y Camplongo en el siglo VII a. C. estaban, como cualquier lugar en cualquier época, plagado de crímenes.

5Como señalé en un artículo anterior acerca de la sintaxis del “civiliantesdelacionés”, la construcción “no todos menos uno” significa “parece que todos [hacen algo], pero en realidad hay uno que no [hace algo]”. Dejo la traducción literal para no alterar la conmovedora retórica de Shaidalufer.

6Es probable que muchos utilicen este artículo, como vienen haciendo sin descanso, para tildarme de “aprovechado”, “oportunista” o, incluso, “farsante consumado”. El tiempo será el encargado de probar la verdad y de que ciertos nombres queden grabados en la Historia mientras otros, envidiosos e innobles, se hunden en el olvido.

7Una mala traducción de la primera parte de esta frase aparece en la novela de George Orwell, 1984. A pesar de mis esfuerzos por subsanar el error, los editores reinciden una y otra vez, de forma completamente inaceptable.

8Nunca me cansaré de repetir en todos los medios en que colaboro el error que comete la policía al tratar de partir las investigaciones de pruebas, de confesiones, de aparatos científicos, un método que rara vez resulta satisfactorio excepto por casualidad. Como Shaidalufer nos demuestra, solo las palabras y la mente resuelven los casos.

9La profesora Vázquez, especialista en estudios de género, parece ejercer un extraño nepotismo sobre jóvenes bien parecidas, práctica que las malas lenguas utilizan para sacar conclusiones quizá aceleradas (v. Rodríguez Lorenzo, 2007: “Transgresión del pensamiento débil”, en Actas del II Congreso Internacional de Psicocrítica, Madrid)

10A la necesidad de pruebas de la policía se une el olvido sistemático e imperdonable del gran axioma de toda investigación filológica rigurosa: ¡Hay que ir a los textos! En ellos están todas las soluciones, y el texto lo dice claramente: “Shamlaparson ha sido muerta”.

11Solo los más allegados conocen mi profunda pasión por la lectura del gran orador, único método para regresar a la calma cuando me siento atrapado en una tormenta mental.

12Como ya señalé en mi famoso artículo “Estructuras mentales de la “civiliantesdelación” ” , de 1998, para los habitantes que desarrollaron su cultura en el nacimiento del río Esla, las categorías espacio, tiempo y causalidad son confusas. No será hasta varias decenas de años después, cuando se desplacen al valle, que serán capaces de diferenciarlas, por superestrato lingüístico. “Atrás”, por tanto, significa también “antes”.

13Como señala el historiador romano Plubius T. Veredictus, eternamente ignorado por los investigadores, ciertos pueblos preromanos (ya demostré en otra publicación que se refiere, sin duda posible, a los “civiliantesdelacionenses”) tenían una relación más poderosa con la historia y era usual que los criminales confesasen sus crímenes aunque se les hubiese condenado a la pena capital, porque mayor castigo era mentir que ser ajusticiado. Ojalá ciertos alumnos aprendiesen de estas prácticas para sus exámenes.

14Driyeptur, como he señalado en otro lugar (Corbacho, 1996) es el padre de Shaidalufer, una mezcla entre filósofo y hombre lobo cuyo culto se hizo famoso incluso del otro lado de la Cordillera Cantábrica, para cuyos habitantes, los astures, se convirtió en un héroe, en especial durante las cruentas luchas con los pueblos cántabros.

15No quiero herir la sensibilidad de mis colegas al menospreciarles y resolver por ellos el misterio, cuya solución estoy seguro de que han encontrado hace mucho. En cualquier caso, si no fuera así, dentro de unos meses saldrá al mercado una edición anotada de las “Leyendas de Shaidalufer a su paso por el siglo XXI”, donde encontrarán todos los detalles.

domingo, 9 de enero de 2011

Mi relato (Señora de la limpieza)

Hola chicos. Yo ya he empezado a escribir el relato. Siento no haberlo hecho antes pero en Navidad ha estado un poco complicado. ¡Un saludo a todos y Feliz Año!

Y me dijo que eso no tenía nada que ver porque ella pensó en ello en otros términos. ¡Qué frialdad en la mirada cuando me lo dijo! ¿Acaso no sabe que yo, gran fanática de los libros iba a descubrir el misterio? Yo creo que no, she does not realize it, pero al final, por las buenas o por las malas lo acabará descubriendo.

Quizá era una de las mañanas más normales de mi vida, pero no aún no sabía que acabaría dando un vuelco a todo mi mundo en el momento en el que pisé el edificio. Aún me sorprendía a mí misma levantándome a las 6 de la mañana para empezar mi turno como bayeta en la universidad. Me! Oh Gosh! I ca not believe my eyes!

A las 7 de la mañana empecé mi turno y abrí el edificio. Estaba frío como el mármol ya que debido al puente llevaba unos cuantos días sin calefacción. Me abroché el pullover y fui a abrir el cuartito de las cosas de la limpieza. La casualidad quiso que las llaves se me cayeran y que mi vista quedara a ras de suelo. I will never forget what I saw…

Horror, terror, completo asco. ¿Qué barbaridad es esta? ¿Es una broma? No puede ser. Está congelado. Tiene sangre. Esta morado. Está hinchado. Asco. Asco. Asco. Reventado. Asco. Que venga alguien por favor. Aquí. ¿Por qué? Asco.

Tardé por lo menos un cuarto de hora en poder darme cuenta de que todo era real. Era imposible que algo tan horrendo no estuviera pasando de verdad. Sería macabra una broma así. El ser humano tiende a compartir sus miserias con quien puede y eso hice.

¿Qué hago? ¿Quién hay? Frialdad, eso es lo que hay. Hace frio. Hay frio. No voy a entrar en calor nunca. ¡El conserje! Tenemos que avisar a las autoridades. Sí. Eso es lo suyo. ¿Y qué les digo? Lo que hay. ¿Y Paco? Él también está aquí. ¿Lo sabrá? Gosh. No me puede estar pasando esto a mí. A mí no.

Llamé al conserje que también empezaba su turno tan temprano para ir templando los edificios. Le conté que había que avisar a la policía y ahí empezó un torbellino que en algunos momentos pensaba que no tenía fin… Él me advirtió de que lo mejor sería no salir del edificio ya que la policía iba a hablar conmigo para contar lo que yo había visto. Me sentí absolutamente abandonada. No sé si el conserje también pero yo decidí seguir acompañada de seres humanos. Le dije que me iba a la cafetería que necesitaba sentarme. Si necesitaba algo allí estaría. Cuando tienes a la muerte tan cerca no te queda otra que aferrarte al resto del mundo.

Al llegar a la cafetería me encontré con Paco, el camarero. Según me vio llegar se dio cuenta de que algo me pasaba. Yo no me veía la cara pero sabía que no debía de tener un color saludable. Más bien tenía que estar casi tan blanca como el muerto…

¿Qué va a pensar Paco de mí? ¿Se creerá que estoy loca? ¡Que shock, Gosh! ¿Qué vamos a hacer? ¿Habrá que trabajar, no? ¿Esperamos a la policía? ¿Qué hago ahora? ¿Habrá llamado el conserje a la policía? ¿Y si me ha engañado y no lo hace y ha huido por miedo? Shit, yo tendría que hacer lo mismo.

Paco me preguntó si ocurría algo y que si quería mi café cortado de cada mañana. Le respondí que no. Que quería una tila, a ser posible con una valeriana. No aguanté más y me desbordé como un torrente. Paco no entendía nada de lo que decía debido a mis sollozos pero al final entendió que había un chaval muerto en el patio interior del edificio y que me lo había encontrado hacía un ratito. Quiso llamar a la policía inmediatamente y le dije que el conserje ya debía haberlo hecho.

Pero, ¿cómo iba a irme ahora justo cuando había conseguido entrar a trabajar en la universidad sin ser reconocida? Well, let’s face it. You must stay, Darling.

Paco no aguantó la curiosidad (¡Qué va a ser curiosidad! Lo que nos mueve en estos casos es la morbosidad, pero no le culpo), y fue inmediatamente a ver el espectáculo. Volvió igual de desencajado que yo.